Por: David Soares – Diputado Federal
Como cristianos, orientamos
nuestra vida cada día según principios bíblicos. Moldean nuestras decisiones, fortalecen nuestras familias y guían nuestras relaciones con nuestros semejantes. Sin embargo, una vida de fe plena no se limita al hogar o a la iglesia. La fe cristiana es viva, pública y transformadora, y debería llegar también a la sociedad.
Es importante subrayar que nadie va a la iglesia para hacer política. Las personas van allí a buscar a Dios, fortalecer su fe y vivir en comunidad. Aunque la misión de la iglesia es de naturaleza espiritual, esto no suprime el papel de sus miembros como ciudadanos activos en la sociedad. Por eso es necesario comprender y respetar los límites y los diferentes modos de pensar políticamente, manteniendo el respeto mutuo.
Llevar los principios de Dios a la vida pública no es una imposición, sino una oportunidad. Defender la vida, la familia, la verdad y la justicia es parte de nuestro testimonio cristiano. Y ese testimonio debe manifestarse de manera responsable y consciente también en los ámbitos donde se toman decisiones y se promulgan leyes.
2026: un año de decisiones
políticas Vivimos en un tiempo decisivo. En un año electoral, no solo estamos llamados a ejercer un derecho, sino también un deber cívico y patriótico: votar quién nos representará en los distintos ámbitos del poder. El voto no puede tratarse con ligereza. Requiere reflexión, oración y discernimiento espiritual.
Como cristianos, debemos ir más allá de los discursos prefabricados y las promesas vacías. Es necesario evaluar el carácter, la coherencia y el compromiso. Debemos preguntarnos sinceramente: ¿Defiende esta persona a la familia? ¿Protege la vida desde la concepción? ¿Respeta la fe cristiana y la libertad religiosa? ¿O se acerca a los evangélicos solo por razones electorales?
El silencio también es una decisión
Lo cierto es que la política no siempre despierta interés. A menudo es agotadora, conflictiva e incluso desalentadora. Pero años de distanciamiento de la iglesia de estos debates han creado espacio para ideologías y proyectos que hoy atacan directamente los valores bíblicos, debilitan las familias e intentan silenciar la fe cristiana en el espacio público.
La ausencia de la iglesia no debe confundirse con neutralidad. Tiene consecuencias. La indecisión facilita la aprobación de leyes que contradicen lo que predicamos diariamente desde nuestros púlpitos y vivimos en nuestros hogares.
Una fe que también se manifiesta
en la vida pública En tiempos decisivos como estos, el llamado es claro: la iglesia evangélica debe seguir siendo sal y luz, también en la vida pública. Participar políticamente, votar conscientemente y defender los valores cristianos no es activismo ideológico. Es coherencia con la fe que profesamos y compromiso con el futuro de Brasil.
